martes, 8 de septiembre de 2009

La eternidad en la poesía

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Aquel personaje imaginario,
se volvió un trovador nocturno,
orate,
enamorado.

Quiso perpetuarte en las palabras.
Se hizo poeta para ti.

Y olvidaste,
(indudablemente la vida es muy breve,
como para detenerse a recordar a los tontos
que se conforman con sólo soñar
arrellanados en un sillón)

Ni siquiera quisiste preguntarle al destino
por la suerte de aquel desdichado actor de reparto

Pero él no se inmutó con tu olvido,
siguió cantando tu nombre
en cada espacio que habitó.

Hasta que te hizo eterna,
infinita,
allí,
en aquellos vericuetos del poema,
en la metáfora que nadie entinde,
en la realidad que se tuerce a fuerza de metonimias,

Al fin lograste la anhelada juventud eterna.

Fuiste lozana al paso de los siglos,
fue tu belleza sempiterna,

Fueron tu cuerpecito menudo, tu cabello negro, tus anteojos
inalienablemente hermosos.

Fue tu cintura una pera fresca
donde el deseo fluye.

Y se convirtió la utopía
del deseo consumado en tus brazos
en la inspiración de generaciones enteras.

Y se convirtió el brillo de tu sonrisa
en el aliento de tantos enamorados.

Porque ese es el destino del que es amado,
ese es sino que dictamina
el poeta,
el hacedor de versos.

Ese es el destino de aquello que se vuelve verso,
y se sumerge en la corriente de las ideas eternas.


Sólo la poesía tiene la llave de la eternidad absoluta del hombre.