lunes, 29 de agosto de 2011

Poema perdido.



Escribiste un poema a una muchacha de chaqueta amarilla.

La comparaste con un girasol. Tú, siempre tan proclive a comparar todo con flores que no conoces más que en revistas divulgativas o alguna enciclopedia de botánica. Buscaste significados de esa flor en las revistas aquellas que leen las señoronas elegantes. Inventaste otros tantos significados. Evocaste algún campo ibérico que viste en una revista de viajes. Recordaste una carátula de un disco de cierto cantantoautor que posaba sobre un campo de girasoles.

En los versos, ella se entregaba al mundo como un girasol abierto, con fervor, con pasión, con el amarillo intenso que se te antojaba a atardecer cargado de esperanza. Te regodeabas en el parque soñando con esa imagen. Ella tenía una risa lastimera, una risa breve, insensible, dura, esa risa de aquel para quien no existe tribulación humana que pueda turbar su calma. Ahí estaba ese girasol, era la risa con la chaqueta amarilla.


Un día ella te hizo perder toda esperanza. Sin anestesia. Lloraste. Lloraste días, meses, años. Hiciste un poema de tu llanto, tu llanto era un jabillo que lloraba hasta la última hora. Amarillo, amarillo como el girasol generatriz de la desesperanza.

Pasaron lunas y lunas.

Olvidaste el girasol, olvidaste a la muchacha aquella. Mandaste al trasto tus escritos y aquel poema quedó perdido para siempre. Nadie lo conoció. Los desencantos se olvidan después del llanto con tanta facilidad.

Pero ahora, cada vez que encuentras una muchacha nueva, fantaseas una flor que la dibuje, que perfile su risa, sus mangas, el color de su chaqueta. Pasan por tu vida  orquídeas, gladiolas, azucenas, camelias, begoñas, acacias...

Y el atardecer sigue siendo amarillo, un amarillo que se queda dormido, como la esperanza.