En toda organización humana, es prácticamente inevitable que se formen grupetes. Que se formen ghettos.
Pequeños ghettos que medran en empresas, escuelas, universidades, lugares de vacaciones, gimnasios, grupos de yoga, salones de vídeo juegos, etc.
Pequeños ghettos que en nombre del amor y la amistad cavan zanjas impenetrables a su alrededor de forma que no pueda acercarse cualquier otro que no huela ni se parezca a ellos.
Grupetes que gritan el archiconocido todos para uno y uno para todos, no como fórmula para ser más grande en la adversidad y plantarle cara a las tribulaciones, sino como mecanismo para dar la certera zancadilla y el atinadísimo codazo a todo aquel que según sus parcas visiones de manada pueda ser una amenaza potencial para ellos. Dios los cría y ellos se juntan reza la conseja popular.
Hablo sobre este tema porque llegó a mi recuerdo un famoso grupete de los inicios de mi carrera en la UCV. No contaré detalles, porque no quiero darle protagonismo a gente nula por un lado; y por otro habrá algunos de ese grupete que me agradan y que siempre admiraré. Era cierto grupo de amigos/compañeros, a quienes un gran genio tuvo a bien llamar Los Teletubbies. Nunca supe quién fue el genio que bautizó con tan perspicaz nombre a mi grupete de compañeros. Yo que tengo como hobbie el etiquetar y ponerle sobrenombres a todo el mundo, sentí envidia de que nunca se me hubiera ocurrido, y desde entonces me convertí en absoluto y entregado fan de ese héroe anónimo.
Dicho grupete era sencillamente igual a los egregios personajes infantiles de los cuales tomaron el nombre: una cuerda de alienados que vestían con colores estridentes característicos y se regodeaban con cualquier banalidad. Hablaban con voces chillonas y repetían cada uno lo que se le ocurría decir a cierto macho alfa que era como una especie de líder de ese grupo. El líder decía "Hooola" y todo el resto del grupete, uno tras de otro repetía cantarinamente "hoooaaa" mientras avanzaban por el pasillo haciendo graciosas cabriolas. El líder decía "Vamos a estudiar a la biblioteca" y el coro contestaba "Biblioooteeeca" y comenzaban las cabriolas rumbo a la sala de lectura.
Los Telettubies tenían un grado de alienación muy divertido e interesante. Hasta que se separaron; y empezaron a madurar, porque pocas cosas como la roncha y los carajazos para madurar empiezan a ser inaplazables a partir de cierto momento de nuestras existencias. Pero en fin, todo tiene su final y fue bueno mientras duró.
El recuerdo de esos Telettubies me llegó justo en el momento cuando me ocurren todas las revelaciones espirituales y epifanías en mi sitio de trabajo: a la hora del almuerzo. Una de las mañas que tienen los grupetes de mi sitio de trabajo, es que pegan varias mesas para poder sentarse juntos durante el almuerzo y obviamente mostrar su sentido e identidad de manada ante el resto de compañeros de trabajo como diciendo "Esta es la manada, nosotroso somos arrechos, nos amamos y tú sobras porque tus sobacos no huelen tan hediondo como los nuestros" o como aquel famoso "estamos completos" del comercial de Pimplex en los años ochenta. Es tan fuerte el sentido de manada en los grupetes de las oficinas que he presenciado cómo a veces llega algún compañero de trabajo que está solo y en las mesas en donde hay algún grupetes hay puestos libres, y el compañero solitario de marras prefiere quedarse afuera y esperar, antes de pedir permiso al grupete para poder sentarse en ese puesto. Esa escena me da el peor de los ascos y no hace otra cosa que incrementar ese inefable odio que profeso por la humanidad.
En particular hay un grupete de estas oficinas de Dios que con todo cariño bautizaré como Los Telettubies La Nueva Generación (TLNG), como un cálido homenaje al famoso grupete de mi Alma Mater. No voy a mencionarlos por no hacerles publicidad gratiñán, pero baste decir que es un grupete sumamente alienado y presumido.
Cada vez que se reunen, da la sensación de que estuvieran en un eterno ritual de apareamiento: hablan durísimo, con unos chistes que no me causan risa ni a mí, que me río de todo; se las echan de la gran vaina con cosas tan superficiales como un teléfono nuevo y ese tipo de baratijas. Y luego pretenden hacerse una imagen de chicos populares, de amigos de todos, pero cuando uno está por un ascensor o un pasillo y les dices alguna fórmula de cortesía, verbigracia "Buenos días, cómo has estado", los señoritos ni cortos ni perezozos te ponen una cara de cañón y te voltean la cara, o de plano se hacen los locos que no te vieron para no tener que contestar el saludo.
Otra que aplican los TLNG es que te cierran el ascensor en la cara. Y no es la situación normal de que las puertas se están cerrando y a veces no te das cuenta que alguien más viene o no consigues el botón para abrir la puerta, sino que se ve descaradamente que pulsan el botón de cierre de puertas para que no se monte al elevador alguien que no sea de su grupete; no vaya a ser que se contaminen.
Hay otras tantas historias, pero hablemos de lo peor de todo. Los TLNG se cogen todas las mesas del comedor para ellos sólos porque son un viaje de personas. ¿Saben qué amigos? Los demás también comemos, y los demás también tenemos un horario laboral que cumplir. Si no pegan las mesas, maximizan el número de puestos, y de esta forma, podemos tener más comensales de manera simultánea. Además podrían ser un poco más abiertos. El hecho de que no seamos de su manada no implica que no podamos charlar un poco en nuestras horas libres y quien sabe si con algunas personas llegar a cultivar una amistad con el paso del tiempo. Es así, en esas pequeñas coincidencias en donde se forjan las genuinas relaciones humanas, esas que van más allá de lo estrictamente laboral.
No deberían ver al resto de compañeros de trabajo como enemigos, yo siempre he creído que tender puentes de respeto, solidaridad, amistad y cariño en el ámbito laboral y más allá cuando sea pertinente no puede hacer otra cosa más que enriquecer nuestras vidas y hacernos mejores seres humanos ¿Y ustedes, qué piensan?
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