miércoles, 28 de septiembre de 2011

Maldita tristeza del mediodía



La cordura se fue de siesta, y me quedé solo.  

Almorcé sin hambre.

Pensé un poquito en ti y volvió a la estúpida tristeza que me paraliza. Esa estúpida melancolía que me anula. Ese estúpido guayabo que no se quiere acabar con nada.  Esa modorra existencial que ha sido resistente al ron, vodka, caña clara y cualquier bebida espirituosa.

Te necesito coño, qué puedo hacer. Tú me echaste esa vaina de ser tan espléndida, tan especial, tan dulce, tan magnífica, tan bella. Me echaste esa lavatiba de ser la más bella de todas, de sonreír como un sol. Cambias el mundo con tu risa y yo sigo absolutamente solo, invariante ante cualquier transformación espacio temporal. 
 
 
Me encerré a llorar en el baño, porque a veces el mejor confidente puede ser una poceta, porque a veces es mejor darle un funeral privado y discreto a lo que le queda a uno de dignidad, porque la gente es una mierda que no tiene idea de cuánto puede doler el jodido amor, hasta que sienten la patada en las gónadas, la opresión en el pecho.

Escribí una nota críptica, me quejé mucho, pataleé. Dije casi todo lo que quería decirte. Doblé ese papel y lo metí en mi botella de agua mineral.

Lancé esa botella al cesto de la basura, porque uno nunca sabe, quizás pueda ser ese otro mar (el verdadero mar a donde deben parar esas palabras necias de desazones y tristezas). Quizás otro naúfrago de esperanzas entienda el mensaje y lo haga suyo.

Siempre es así maldita tristeza del mediodía, es un pequeño acto de costumbre. Ya es hora de irse y seguir trabajando.