lunes, 12 de septiembre de 2011

Presentando a la gran Nanón (*)

   La gran Nanón era quizá la única criatura humana capaz de soportar el despotismo de su amo. Toda la ciudad envidiaba a la señora y a la señorita Grandet. La gran Nanón, así llamada a causa de su gran esta­tura de cinco pies y ocho pulgadas, servía a Grandet desde hacía treinta y cinco años. Aunque no tenía más que sesenta y cinco libras de sueldo, se la consideraba como una de las criadas más ricas de Saumur. Dichas sesenta y cinco libras acumuladas a lo largo de treinta y cinco años, le habían permitido contratar en la notaría de Cruchot un vitalicio de cuatro mil libras. Tamaño resultado, fruto de las persistentes economías de la gran Nanón, se juzgó gigan­tesco. Las demás criadas, al ver co­mo Nanón se había asegurado el lían para su vejez, la envidiaban de firme sin reparar en la dura servi­dumbre a que tuvo que someterse para lograrlo. A los veintidós años, la infeliz no se había podido colocar en parte alguna por culpa de su ca­ra, tenida por repugnante; y a fe que en esta apreciación había injus­ticia; su cara, puesta sobre los hom­bros de un granadero, hubiera pare­cido de perlas; es evidente que en este mundo todo es cuestión de opor­tunidad. Obligada a dejar un cortijo incendiado en que guardaba vacas, fuese a Saumur para buscar casa donde ponerse a servir, sostenida por un ánimo robusto y a prueba de desaires. 

   En aquel entonces, el señor Grandet pensaba ya en casar­se y quería organizar su casa. Echó pronto el ojo a aquella muchacha ante la que se cerraban una tras otra todas las puertas. En, su calidad de tonelero, Grandet sabía apreciar la fuerza física y adivinó en seguida todo el partido que podría sacar de un Hércules femenino, montada so­bre sus extremidades como un roble de sesenta años sobre sus raíces, de caderas robustas, de espalda cuadra­da, con manos de carretero, una pro­bidad a toda prueba y una virtud in­tacta. Ni las verrugas que adornaban aquel rostro marcial, ni su color de ladrillo, ni sus brazos nervudos, ni sus harapos espantaron al tonelero que se encontraba aún en la edad en que el corazón puede estremecer­se. Vistió a la muchacha, la calzó, la alimentó le señaló un sueldo y la tomó a su servicio sin atropellarla en demasía. Al verse acogida de aquel modo, la pobre Nanón lloró de alegría, tomó de veras ley al to­nelero que no dejó, por ello de ex­plotarla feudalmente. Todo lo hacía Nanón; la cocina y las coladas; iba a lavar la ropa al Loira y la cargaba sobre sus hombros; se levantaba con el día, se acostaba tarde; hacía co­mida para todos los trabajadores du­rante la vendimia; vigilaba el ir y venir de las portadoras; defendía, co­mo perro fiel, los intereses de su dueño al que, llena de una confianza sin límites, obedecía en sus fantasías más extravagantes. En el famoso año de 1811, cuya cosecha costó desvelos sin cuento, Grandet resolvió regalar a Nanón su viejo reloj y éste fue el único obsequio que le hizo en veinte años de servicios. Digamos para ser exactos que también le transfería sus zapatos viejos, que le iban bien; se los transfería en tal estado que no hay manera de incluirlos en el capítulo de la munificencia. La ne­cesidad tornó tan avara a la pobre muchacha que Grandet acabó por quererla como a un perro, y Nanón se dejó poner un collar erizado de puntas, cuyos pinchazos ya no la molestaban. No se quejaba de que Grandet le cortase el pan con un exceso de parsimonia; beneficiábase alegremente de los saludables efectos del severo régimen de aquella casa, en que jamás había enfermos.


Por lo demás, Nanón formaba parte de la familia; reía cuando reía Grandet; con él se entristecía, con él trabajaba, con él sentía el frío y el calor. ¡Qué agradables compensa­ciones hallaba en esta igualdad! El dueño no había echado jamás en ca­ra a la sirvienta los albérchigos, ni los melocotones de viña, ni las ci­ruelas, ni los griñones que comía al pie del árbol.
––Hártate, Nanón ––le decía en los años que las ramas se doblaban bajo el peso de la fruta y que los colonos no tenían más remedio que dársela a los cerdos.
Para una muchacha del campo que en su juventud no había recogi­do más que insultos y desprecios, para una infeliz aceptada por cari­dad, la risa equívoca del tío Gran­det era un verdadero rayó de sol. Por otra parte, el corazón sencillo y la cabeza angosta de Nanón sólo pondrían contener un sentimiento y una idea. Había cumplido treinta y cinco años y aún se veía llegando al obrador del señor Grandet, des­calza, harapienta y seguía oyendo al tonelero que le decía: "¿Qué se te ofrece, chiquilla?", y su agradecimiento se conservaba fresco y joven como el primer día. Alguna vez pa­saba por la cabeza de Grandet la idea de que aquella pobre mucha­cha no había oído nunca una pala­bra halagüeña, que ignoraba los sen­timientos tiernos que puede inspi­rar una mujer, y que podía compa­recer ante Dios más casta que la misma Virgen María; entonces, mo­vido a piedad, la miraba y decía:
       -¡La pobre Nanón!
Semejante exclamación obtenía siempre una mirada indefinible de la vieja criada. Repetida de vez en cuando, iba formando, a lo largo de los años una cadena de amistad in­interrumpida, cada frase conmisera­tiva era un eslabón de la cadena. Aquella piedad, puesta en el corazón de Grandet y aceptada con gratitud por la vieja criada, tenía algo de horrible. Atroz piedad de avaro, cau­saba mil placeres al corazón del vie­jo tonelero y era para Nanón su lote de felicidad. Otros pudieron co­mo Grandet exclamar: "¡Pobre Na­nón!" Pero Dios reconoce a sus án­geles por la inflexión de sus voces y de sus misteriosos lamentos. En muchas casas de Saumur las criadas estaban mejor tratadas, pero no por eso demostraban el menor–– cariño a los amos. De donde nació esta otra frase: "¿Qué le dan los Grandet a Nanón, para tenerla tan adicta? Al fuego se echaría por ellos." Su co­cina, cuyas ventanas enrejadas daban al patio, estaba siempre limpia, or­denada, fría; era una verdadera co­cina de avaro en que no hay des­perdicios. Cuando Nanón había la­vado la vajilla, puesto a buen recaudo los restos de la comida, apagado el fuego, salía de la cocina, separada del comedor por un corredor, y se ponía a hilar junto a sus amos. Una sola luz bastaba a toda la familia para la velada. Dormía la sirvienta en el fondo de dicho corredor, en un chiribitil sin más claridad que la que le llegaba por la puerta. Su ro­busta salud le permitía habitar sin daño aquella especie de hoyo, desde donde podía oír el ruido más leve a través del profundo silencio que reinaba día y noche en la casa. Le tocaba dormir como un perro guar­dián, atento el oído, cerrado un solo ojo con sueño que casi era vigilia.

 (*) Fragmento de la novela Eugenia Grandet de Honorato de Balzac