Te contemplo bogando en un nenúfar sobre el estanque de mis ensueños fantásticos. Eres nauta que sabe esquivar los abrojos de aquellas pasiones que por guardarse en el secreto se transfiguran en avalancha: ondas terribles que anegan la tierra y arrancan de cuajo cualquier expresión de vida. Eres presencia mayestática, reina indiscutible de la noche tibia. Resplandeces ante el sempiterno sextante de la estrella polar. Entregas la vida con el cetro que te otorgó el sabio demiurgo que crea belleza y silencio como un enigma inescrutable para quien abraza el sueño eterno sobre el légamo de las dudas que rodean la extensión del agua.
Princesa breve, rutilante. Personaje de cierta historia que no tiene héroes, ni ganadores, ni perdedores. De cierta historia sin desenlace que se encuentra suspendida en un rumor cósmico que invade la noche.
Una historia que nació en los desencuentros, en la casualidad más absoluta que se nos espera a la vuelta de la esquina. Una historia que fue escrita con la tinta de lo que no se tiene, de lo que se sueña y se ase con el puño cerrado en lo más íntimo de nuestra ambición.
Y así, princesa del nenúfar viajero, bogas sobre ese silencio del bosque, interrumpido a trancos por el croar de las ranas. Princesa del nenúfar viajero, sueño que termina cuando ofrezco tu fosforecencia cual lumbre votiva al más profundo anhelo de mi amor y despierto con el amargo sabor que deja la soledad en la boca.
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